Alicia en el país de la gran manzana

Texto Fredy Ponguta
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Alicia en el país de la gran Manzana. Texto: Fredy Ponguta

Nos cuenta Lewis Carroll, en su novela sobre los espejos, que Alicia al atravesar el cristal entra en un mundo extraño en cuanto a su situación y secuencia, una realidad muy diferente de aquella propia que momentos antes, cuando aún no se decidía a  atravesar el espejo, había estado observando en la imagen de reflejo. Seguramente esta última sensación no le resultará diferente al visitante de la Gran Manzana, esto porque en su recorrido por las calles y debido a los espejos de los tantos edificios gigantes neoyorkinos, no deja un instante de ver las cosas y su propio cuerpo a través de los reflejos.
Allí no podemos dejar de advertir que a cada paso vamos o que en cada instante estamos. Sabemos que lo que hay ante cualquier espejo es que somos nosotros mismos los que allí aparecemos. Si al caso podríamos vernos en una especie de nivel virtual, es decir, vernos como si la imagen contigua del espejo fuera la imagen de otro que de frente simultáneamente nos escudriña con igual detalle, al punto no ser más que la imagen simétrica especular de otro que se observa.

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De cualquier modo, la extraña sensación que nos asalta cuando recorremos las calles de Nueva York es que en sus edificios vemos no tanto como nos sentimos o pensamos sino que nos miramos como los demás nos ven.
Pero Alicia nos enseña que habría un modo de evadir tan cruda condición de sabernos tal cual somos. Podemos dar el paso, es decir, contamos con la opción de entrar en los espejos.
Este ingreso ofrece importantes ventajas. Una es la de no dejar escapar aquella imagen que en el espejo se diluye cuando nos quitamos de frente a este; dentro del espejo podemos atrapar y conservar las imágenes. Otro provecho es de no ser sólo el testigo que observa sino el de poder intervenir en el transcurrir de las cosas que se nos muestran, desde el interior del espejo contamos con el poder de direccionar los reflejos e imágenes  que dentro del cristal se generan.
Toda esta fuerza interpretativa es la que ofrece la fotografía del reflejo: hay en ella un control, una opción por captar la eternidad del momento, dominar la observación del mundo, liberarse de la evidente y efectiva verdad, de la cruda determinación de la imagen especular del objeto. La foto nos da cuenta de colores que se quedan, crecen, se combinan y significan; nos muestra formas geométricas que brindan armonía y calma ante el afán neoyorkino; nos muestra texturas de espectros y sombras que nos permite saber que las diferencias pueden ser tocadas a través de sus mezclas.
Siendo caminantes nos vemos en los espejos de los rascacielos como individuos, como particularidades aisladas, vemos nuestra condición de humanos en su exaltada aspereza. Por el contrario, a través de la fotografía que capta el reflejo nos deshacemos como individuos, ya no somos nosotros quienes aparecemos sino ahora es la ciudad que se muestra en medio de los entrecruces, la ciudad en su gran dimensión, en su amplio margen  ensanchado.
La imagen de la Nueva York y sus reflejos es la foto de los ciudadanos de hoy, la de los diversos, la foto de las disímiles proveniencias, la de los que vienen con sus sueños intactos para formar una sola realidad, la verdad de que aquí todo sin excepción se encuentra, todo se halla, todo se cumple. En fin, la foto del lugar de las fantasías de Alicia, la ciudad de las maravillas, la de sus espejos y sus imperecederas imágenes en el tiempo.

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